Un invierno malo

Un invierno deseaste que todos los reptiles fueran palomas

mirando las facturas de teléfono que alguien había

arrojado junto a un contenedor de plástico.

 

Un invierno eras como un espejo

de tan desnudo que tenías el cuerpo

bajo las mil oraciones que repetías

mientras buscabas una iglesia donde confesarte,

de rodillas.

Perdón, debí escribir Iglesia.

Nunca recuerdo si mi inicial merece ir en mayúsculas.

 

Un invierno eras yo, que te buscaba.

 

Un invierno dibujabas narices puntiagudas

a muñecas de cartón-piedra

para todas las niñas que fueron huérfanas antes de venir al mundo y

comprender que la vida brotaba

aún demasiado infravalorada

por ancianos y

por sonámbulos.

 

Un invierno apareciste sudando en el quicio de la puerta

diciendo que eras un rey subterráneo

perseguido por nueve lobos de las estepas

y fingiste caer de boca:

sé que la sangre era tomate seco,

sé que no te dolió el golpe,

sé que el suelo no estaba hecho de mármol helado.

Ya había visto esta película otras veces.

 

Un invierno las tardes eran tan largas

que el metro se colapsaba,

que las panaderías se colapsaban,

que los hostales se colapsaban,

que los buzones se colapsaban,

porque la gente era una especie suicidamente inquisitiva,

y tu bostezabas entre unas piernas amarillentas.

 

Un invierno

llegué a esta ciudad.

Aún desconocía que tú ya estabas en ella.

 

Un invierno

nos alumbrábamos con cenizas aplastadas sobe un hueco en la madera

en la casa que olía a pastel horneado

siguiendo la receta de una madre que casi ni te conocía.

Un invierno malo lo tiene cualquiera, dijiste.

No conseguí entenderte.

Gracias

Ahora que lo de mirarse al espejo se ha apagado un poco,  cierro los ojos, para suponer cuántas veces me podría haber caído estos días, cómo de fuerte habrían sido mis huesos, y cómo el sanar si no hay sangre, es siempre más insignificante.

 

Me has dicho: “Ya eres grande”.  No he podido creerte.  Yo sólo me veo lejos. De ti.

Me has dicho: “Alguien me espera allí”. Y otra piedra se ha abalanzado sobre mi zapato.

Me has dicho: “Estabas preciosa ahí arriba”. Yo he pensado que mi poema es demasiado transparente, y quizá nadie lo ha entendido.

Me has dicho: “¿Cuándo me vas a hacer caso?” Y he recordado el frío de la puerta del ascensor contra mi espalda.

Me has dicho: “Ya hablaremos”  Te he mirado la boca abierta, y he oído al viento.

Pero qué bonito ha sido todo, cuanta humanidad en una sonrisa, en un abrazo, en otro idioma, compartiendo una mesa, y pisando un escenario sola o con vosotros, familia.

Me has dicho: “Habrá vídeo, ¿no?” Y he deseado con todas mis fuerzas verte ahí, sentada.

Me has dicho: “Hablas desde aquí”, y te has señalado el estómago. ¿Acaso existe otra manera?

Me has dicho: “Gracias por hoy” mientras me abrazabas. Pero soy yo, la afortunada, y aún sigo sin palabras.

Me habéis dicho, tú y tú, “Hola Isa, te conozco…” Y he creído que mis ojos saldrían disparados, en un ataque de vértigo.

Así que, diminuta, sólo alcanzo a decir:

“Gracias, a todos y cada uno de los que estáis ahí, por cada segundo, por estos  días, por el último año”.

Morir entre flores

Hay entre quien soy y estoy
una diferencia de verbo
que corresponde a la realidad
Fernando Pessoa

Una noche me dijiste:

“Como detesto este arte tan tuyo de morir entre flores”

Diecisiete noches después,

habías desaparecido…

Aprendí el arte de morir

antes incluso de que mis piernas se lanzaran al caminar

antes del último mejor beso que jamás recibí

antes del primer adiós definitivo que dolió de verdad

Lo aprendí en la calle, en el mar, al amanecer, o entre brazos sin rostro

Eso qué más da.

Lo realmente importante es que lo aprendí, para no olvidarlo,

Que es lo que pasa siempre,

o a menudo,

con esas cosas inmensas que llegan a nosotros para arrollarnos,

y devolvernos al punto cero.

Del arte de morir, aprendí, también,

igual pero diferente,

el arte oculto del no-vivir

del estar, pero no-ser

del creer, pero no-sentir

El arte de tener mirada ciega,

manos vacuas,

oídos herméticos

rosas y espinas bajo el vestido

Un arte mejorado, pero insaciable,

que se nutre del insomnio, y del vértigo, y del murmullo de cuchillos.

que rememora el hoy como una sucesión vertiginosa de ayeres en tropel

y que observa un muro donde debiera haber un mañana

Un arte tolerable por el día,

pero incesante al caer la noche,

Porque es un lobo asustado sin piel de cordero,

un temblor de manos que se entrelazan para asfixiar al vacío

obligándolo a no marchar

Porque es sueño, y hambre, y sed, y vanidad y pereza

y mil demonios persiguiendo una sombra efímera que desfallece cada vez que muere la luz.

Un arte que me nace de la costilla,

del vacío que reside bajo mi cuello,

del estómago que posee un agujero envenenado

Entra por mi boca cada vez que pronuncio lo impronunciable,

y se expande como pandemia infectando con urgencia cada gota nueva de sangre

Nadie me enseñó este arte,

vino a mí por destino,

por obligación,

por decisión alternativa,

o por callar de voces

Pero vino a mí,

y yo le abrí la puerta,

lo acogí con premura

y lo hice mío.

Desde entonces,

no conozco, ni pretendo conocer,

arte mejor que éste,

el arte de no-vivir

el arte de morir entre flores.

 

 

 

 

Los grandes han hablado

Los grandes han hablado

Y ahora sólo cae ceniza de entre las nubes

Y sólo existe arena en las cloacas

 

Prometieron que sería fácil levantarse

y luchar

Pero no entendían de palabras

que encierran historia

Así que fingían verdad

mientras brindaban con vino amargo

y miraban por encima del hombro

hacia el fondo del salón

 

Hablan para callar mentes

y enloquecer árboles

 

Porque sólo pretenden pisar hojas de periódico

quemar amaneceres en gasolineras

filtrar espacios en manos dormidas

 

Y continúan, así, escupiendo un monólogo incendiario

provocando llanto a bebés sin madres

y arrebatando el pan a cadáveres en zanjas sin fondo

 

Han hablado los grandes,

sí,

pero al pueblo no hay quien lo calle

 

Llegará el día

Llegará el día

de planear una huida

con mucha conciencia y poco remordimiento

de hacer la maleta y saltar por la ventana

de rasgar el colchón donde no se duerme

porque dormir es cosa de inmortales

de vaciar la nevera y dar de comer a perros y buitres

de quitarte la venda y que los ojos sangren con la luz

y griten con desgarro aleluya

Llegará el día

de existir

Llegará el día

de quemar la ropa y abrir los armarios

de bailar bajo la lluvia de septiembre

en pleno mes de mayo

de escribir una carta de desahucio al huésped que convive en tu cabeza

y piensa en voz demasiado alta

de arrancar las flores que pueblan los cementerios

en las afueras de esta ciudad sin nombre

de buscar un rostro cualquiera entre una marea de niños anónimos

de vivir sólo de agua y pan

y, aún así,

aprender a dar las gracias

Llegará el día

de ser real

 

El día en que

escuchar no sea suficiente

rezar no sea suficiente

amar no sea suficiente

correr no sea suficiente

porque también llegará la noche

y no estaremos preparados para lo oscuro

Padres

Cada vez son más las familias que atraen a hijos ciegos al nacer

[Hijos ciegos para no ver el mundo al que asoman sus cuerpos]

Madres que ansían que sus hijos sean incólumes como fieras en peligro de extinción

que anulan una sonrisa entre rayos para que la lluvia no caiga hacia abajo

que queman las lentejas para que el hambre sólo sea un aviso cruel

que inventan cuentos en los que la princesa no gana en amor, sino que pierde en soledad

y los relatan a la luz de una vela entumecida de cansancio

Padres que empuñan un arma para rasgar cojines y nubes

pero no dirigen ejércitos dispuestos a cruzar la alambrada y rozar el sudor enemigo

que no compran pan ni fruta ni champú ni fregona

que no saben hacer cosquillas entre costillas con sus pulgares

que recogen la basura que otros padres arrojaron para limpiar grises sus conciencias

y la arrastran escaleras arriba, cuatro pisos, descansillo, y puerta, y llave con dos vueltas

Padres, madres, e hijos

No hay lugar para todos en este lugar sin espacio

No hay esperanza ni mundo en este vacío irresoluto

No hay camino

No hay estrellas

No hay pájaro ni árbol

Pero seguís teniendo hijos,

como huracanes en primavera

como enjambres descomunales

como arrecifes en oleaje

Nacen para sufrir,

y sufren para existir

Debemos cambiar este mundo

Ahora