Contemplar la vida

Contemplar la vida con ojos de [Dónde nació la serpiente que me rodea el cuello] fondo blanco e iris terremoto en falsa calma latente, para

frenar y  [¿de verdad pensabas que la raíz sobreviviría aislada del tronco y de la flor y de la hoja seca y del nido sin descendencia?] contar el número de horas que quedan hasta creer que

olvidar podría ser la opción si [quizá la carretera de hostil cemento supiera cómo asesinar al horizonte cada amanecer del día aún por llegar] los años no dejaran marca en la piedra

que recoges del suelo cada vez que caes y descubres que [el cuerpo ya no lamenta, que el cuerpo se va desprendiendo de la materia, que el cuerpo no pertenece a la parte humana porque ahora es bestia] lo más fácil sería mantener la posición pero aferrarse a la distancia

que separa los dedos de una mano, las letras en un nombre, las olas de la marea, el día y su noche [la noche y su día], la infancia y la tumba,

o, simplemente, el deseo y la consecuencia   [qué negro este cielo].

Contemplar la vida con ojos de no saber hacia qué lado se abre la puerta [sí, tras ella, la vida]

Contemplar la vida con ojos de no caber más recuerdo en el frágil equilibrio del adiós impuesto [sí, ella, es ella la que se aleja]

Mirar la vida,

solamente,

como quien no espera al tren que siempre llega [tantas estaciones de paso y tan poco equipaje]

como quien dibuja la sombra del pájaro que vuela [porque teme de la libertad y sólo la acepta si es con los pies tocando la tierra]

como quien siembra un fruto en la entraña estéril [para no ceder al futuro el homenaje de una guerra inacabada]

Contemplar, y no ver. Así, la vida.

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Vómito

Introduzco mis datos en una oferta de trabajo. Pienso en el viernes noche. En el próximo viernes noche. Y en la noche de hace dos sábados. Introduzco mis datos en otra oferta de trabajo (algo que me encantaría en la ciudad que me vio nacer, y que ahora, como yo, tampoco me reconoce) Incongruencias. Si tuviera que volver. Tarareo la canción. Pediré un taxi. Este camino, ¿hacia dónde? Quedan poco más de 24 horas. La pantalla me mira. El teclado me toca. Hoy quedo. Aunque ya sé qué va a pasar. Qué aburrida, esta vida de la monotonía. Tengo miedo de escribir cosas que pasan por mi cabeza. La mano rechaza darles eternidad. Tengo miedo de desnudarme ante extraños, así que apago la luz. Pero 20 minutos después, enciendo una vela, para poder ver la cara, mientras mis dedos se pierden entre unos rizos oscuros. Tengo miedo de no volver a querer a nadie nunca más. Nunca, como una palabra fea y deteriorada. Tengo miedo hasta de reconocerlo, aunque sepa que es verdad. Me pongo a prueba. Trato de correr acorde a lo pre-establecido socialmente. Pero, ¿sociedad, quién? No recuerdo haber leído La Biblia. Ayer intenté comprar un libro que me recomendaron, y la dependienta me dijo: “No lo tenemos, está descatalogado”. Me llené de empatía. Pobre libro. Sigo pensando en escribir esa palabra en la última costilla. Es la única que tiene significado para mí. Por la noche, no me apetecía ver a nadie, así que elegí una película al azar y acerté. Después, soñé con mi madre, pero no recuerdo qué. Más miedo. Internet me deja que me asome a la otra vida de una persona prácticamente desconocida para mí. Aunque haya algo que nos haya unido. Y, ahora, todo es demasiado poco. De lunes a miércoles no bebo alcohol. El sábado, el hígado me lanza reproches. Siguen quedando tres horas. Me muerdo las uñas. El reloj me detesta. Planeo la tarde y no me importa nada. Me dejo perder…

Bonjour

Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir

(Jorge Manrique)

Así es como empieza todo. La casa está al lado del río. Tiene dos dormitorios y cuatro camas. Pero yo duermo toda la noche en el sofá, encogida y con dolor de espalda, porque está al lado de la pared de cristal y quiero escuchar el agua del río corriendo, como si estuviera dentro de él, como si me llevara la corriente. Aunque hace frío, y no encendemos la chimenea. Aunque la noche anterior me desperté a las 5.45 am para poder coger el tren. La estación está prácticamente vacía y observo a un tipo que camina en círculos alrededor de la máquina de billetes y pregunta cómo llegar a no-sé-dónde a cada persona que se acerca, en un intento siempre frustrado de robo y yo pienso cómo hagas lo mismo conmigo, la llevas clara. Pero no lo hace, porque él también observa que yo lo observo. Al final, todos somos iguales, repetimos un patrón. Ella llega, sonriendo, y bailamos y nos abrazamos entusiasmadas en mitad de la estación. 7.01 am, a 600 metros de Sants y ya decidimos que nada de internet en nuestros móviles. Será un fin de semana de desconexión. Intentamos dormir. Aunque la chica de al lado se dedica al hablar-por-hablar con sus compañeros, y eso me molesta. Y sueño y me despierto,  sueño y me despierto, y sueño y me despierto. Sintomático de lo que está por venir. He pasado 40 horas visualizando desde mi inconsciente adormecido viejos fantasmas. Poner distancia no destruye.

Es inútil que duerma/ Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano/

El río me arrebata y soy ese río

(Borges)

El pueblo es pequeño. El camino desde el tren a la casa es extraño. Hace mucho viento, y el paisaje tiene aire de abandono. Hay que preguntar por el viejo molino. La vecina no aparece por ningún lado. Alguien nos dice que la encontraremos en el bar del pueblo, pero allí no está. Alguien nos dice, es una señora de 80 años, pero con mucha energía. Pero no nos abre la puerta, y mientras insisto golpeando el cristal, por un momento pienso que quizá le ha pasado algo, y me recorre un escalofrío. El bar del pueblo es, en realidad, una Boulangerie. En un día y medio nos hacemos habituales. Todo riquísimo, todo muy francés. Nos sentamos siempre junto a la puerta, y a mí me gusta saludar a todo el mundo. Tu voz cambia cuando dices Bonjour, pareces más dulce, me dice riendo. Quizá debería haber nacido francesa, pienso mientras como mi tarta de manzana.

No tenemos mapa, así que al principio andamos perdidas hasta encontrar el buen camino. La vida misma. Hay vacas por todos lados. Hay carteles en francés, y una pintada que pide que se use sólo el catalán. En este pueblo, es difícil saber en qué idioma hay que hablar con los vecinos. Por ejemplo, el propietario de la Boulangerie, es un gallego que habla portugués, y un francés a la perfección, pero que no entiende el catalán y se expresa con dificultad en castellano. Ella le habla a las vacas, y las vacas la miran sorprendida, pero parecen entender. Luego, durante horas, no nos cruzamos con nadie. Pero nosotras no paramos de hablar, porque tenemos mucho que decir. Tenemos un futuro que se abalanza, tenemos decisiones, tenemos un pasado que pesa, tenemos creatividad, tenemos un presente que no terminamos de entender, tenemos ilusión. Decidimos comer junto al río y de repente, mis pies están hundidos en un montón de mierda. Joder qué asco, pero qué buena suerte voy a tener (“avoir de la chance”). Ella no para de reír a carcajadas mientras limpio los zapatos, No es mierda, es sólo barro. Luego, dudaríamos. Comemos mucho, todo el tiempo, cada dos horas comemos. Todo muy rico. Comemos y andamos. Llegamos a otro pueblo, y es fácil saber que ya no estamos en Francia. Para entrar al pueblo, mejor por ahí, así podréis ver el lago. Y es el mejor consejo que nos han podido dar. Más tarde, café en la plaza, al sol. Compramos queso y vino, mucho queso, mucho vino. Y la tarde comienza a desaparecer. Y estamos a cinco kilómetros, y no tenemos frontal (ni mapa), ni será noche de luna, así que intentamos parar un coche, y es difícil, y los españoles no lo hacen y nos miran como si fuéramos terroristas, y por fin una chica con su hijo nos recoge, y hablan en francés y yo lo entiendo casi todo. Y luego estamos contentas, porque es la primera vez que las dos hacemos autostop. Llegamos al viejo molino, estamos cansadas, pero felices. No hay mucho más que hacer en el pueblo, así que cenaremos en casa. Descubro Un gars, une fille. Infusión. El sonido del río. Frío. Primera botella de vino. Cicatrices que nos llevan al pasado, y quizá también lloramos, un poco. Pero llorar sana, nos hace valientes. Los Simposons, en francés. Y con el cambio de hora, amanece más tarde. Andamos durante horas, y somos las únicas dos almas en kilómetros y kilómetros. Vemos la nieve, la tocamos, la pisamos. La nieve para ella, como el río para mí. Todo tiene un significado, un origen. Y en el silencio de la montaña, a tantos metros de altura, yo pienso en ti, y hablo mucho de ti. Eso asusta. Comprendo. Lucharía una vez más. Me caería una vez más. No olvidaré nunca.

Han debido pasar todas las lágrimas del mundo, como un río indiferente

(Dámaso Alonso)

Pensé que escribirías más aquí, en la montaña, me dice ella. Silencio. La naturaleza, como una madre. Hacemos camino, paso a paso. Quizá comience a llover. Nos lavamos la cara en el río, con un agua helada que nos despierta cada milímetro de piel. Se hiela la sangre, se detiene. He visto un gorrión sin cabeza, y un lagarto sin cola, y un pescador lanzando al agua a un pez demasiado pequeño. Y a ella, jugando en los columpios, bailando encima del sofá, hablando en portugués, mirando a los caballos, orientándose desorientada. Yo, he confesado que el mito ha caído. Así es como acaba todo.

A veces, no es poesía (II)

…Cuando tenía 8 años hice la Comunión. Aún jugaba con muñecas, las vestía y las desnudaba una vez tras otra. Mis muñecas no hablaban entre ellas. Se miraban en silencio. Yo las miraba en silencio. Y a través del pesado silencio, veía caer las lágrimas de Pe. Pe sufría. Tenía miedo de todo lo que aún no conocía. Tenía miedo de la muerte, que había leído en los libros. Tenía miedo de la soledad, aunque vivía en una casa pequeña y extremadamente poblada. Tenía miedo del espejo por si no lograba reconocerse en él. A mis muñecas se les caía el pelo cuando las peinaba con fuerza.  Eso me hacía reír. Pero  el cuerpo de cristo deslizándose por mi garganta no conseguía traer el milagro. Y Pe, sentado en el sofá, se frotaba las manos sobre las perneras desgastadas del pantalón de pana que tanto odiaba, mientras escuchaba por la radio algún programa absurdo de canciones de los 70. El abuelo no encontraba sus pastillas naranjas y abría todos los cajones, rebuscando, y los dejaba abiertos, y corría a la cocina, y bebía agua, y se recolocaba el cinturón, y murmuraba un insulto, y caía derrotado sobre la silla… The kids are losing their minds the blitzkrieg bop…  porque había olvidado qué hacía recorriendo una casa que no era la suya. Entonces, miraba las nubes en el cielo, durante 14 largos minutos… Hey ho, let’s go shoot’em in the back now what they want…

antes de tomar la decisión

Pienso en las cuatro vueltas que doy sobre mi misma antes de tomar la decisión. Pienso, salgo al balcón y grito. Pienso, qué sentido gritar si hace frío. No grito, no pienso. Pero sigo dando vueltas sobre mí misma, como cuando tenía 5 años y los mayores me decían que acabaría mareándome. Igual es eso lo que pretendo. Perder el conocimiento levemente, contemplar lo borroso del mundo mientras la cabeza se agujerea por la falta de oxígeno. Si no hay silencio, al menos crearé un conflicto. Comprendo, sigo pensando. No puedo parar de hacerlo, como una droga absurda. Pues sigo rodando sobre el eje que es mi cuerpo desnudo a la incerteza, al porvenir del para qué. Qué ridiculez de imagen. No. Abofetearé a quien pretenda hacerme parar. Insultaré y hasta escupiré sobre la tierra seca si acaso fuera necesario. Comienzan a temblarme las piernas. No controlo la suciedad del fracaso y quizá el día menos pensado el horizonte se derrumbe y yo sea frágil y delgada (otra vez) y no sepa hacia dónde mirar. Faltaría más, sigo pensando, y sigo girando, y pienso estoy girando para no pensar, y giro más fuerte para imponerme un castigo y bloquear a mi mente. Insuficiente. Pienso y giro, y giro y pienso, y pienso y giro. Y nada tiene sentido entonces. Contaré hasta 3 y pararé. Pararé de pensar, pararé de girar. Pararé de ser. Uno. Los días de lluvia, la sopa fría, el grito de mi hermano, la casa ardiendo aquel verano. Dos, la fruta podrida, el dolor en los huesos, la mosca sin alas, el cadáver de la amapola. Tres, el olor a madera mojada, los pies aplastados, el camino deshecho, la cruz en la frente. Paro, paro y paro.

10 de enero de 2015

A veces, no es poesía

[…] Te tiemblan las manos demasiado, haz algo con esos nervios. La calle está más agujereada que nunca, en cada paso veo vacío y poca luz y sigo sin comprender por qué tengo que ir hacia ese bar que odio. Por qué me tienes que coger de la mano. Por qué tengo que pensar para dentro y no hablar hacia fuera. Por qué te llamas con nombre de ciudad y a mí me recuerdas a enero en el pueblo. Por qué soy más pequeña y más frágil que en 2012. Por qué, tú, ya no contestas a mis llamadas y tengo que conformarme con los chicos que voy encontrando en este alejado lugar, que no es mi vida, sino un teatro duplicado. Joan también estará allí y vendrá con Marie. Dices para conformarme. Dices, sin saber que Joan siempre critica tu nariz córvida y tu dialéctica asfixiante cuando vas al baño o sales a la calle a fumar con Marie y yo sé que le miras el escote y la deseas por encima de las gafas de hipster anticuado que te gusta llevar para parece un alter ego sofisticado. Y odio tanto eso, como el bar en el que acabamos de entrar, como la música que suena y apaga las voces, como la cerveza barata que todos beben hasta vomitar en el callejón donde Marie y tú os acabáis besando cuando apagáis el cigarro y miráis hacia todos lados para aseguraros de que nadie os ha visto. Lástima que aquella noche yo estuviera arrojada como un despojo sobre el suelo, apretándome la barriga y deseando morirme en ese preciso instante en el que oí tu voz y oí su risa histérica, y os vi. Y entonces deseé, con todas mis viciosas fuerzas, que fuerais vosotros los que os murierais. ¡Mira! También han venido Alex y Sandra. Alex se frota con insistencia la barba mientras le cuento que esta semana he conseguido escribir dos artículos que saldrán publicados en el periódico aunque yo no estoy nada contenta y quisiera dejar de escribir y perderme en La Habana. Y él se ríe, y me abraza como si fuera una pobre criatura a la que aún le queda vuelo. También he dejado de comer sal. Porque necesito deshacerme de los kilos que me han ido acorralando en las últimas semanas. Y mientras se lo digo observo con delicadeza como Sandra llora apartada en un rincón tras el sofá de terciopelo verde, tan apretada en ese vestido negro, tan apretada su mano en su boca para que nadie se de cuenta pero yo sí, y me da pena, Sandra ha perdido a un bebé y ahora tiene que estar en este bar odioso, siendo la sombra de Alex, siendo un nido sin pájaro. Termino el último trago de mi cerveza. Pido otra al camarero de 21 años que siempre me invita a la última y me dice que soy demasiado distinta para estar en un sitio como ese, y yo le sonrío y pienso que tiene unos brazos morenos que me gustaría morder. Salgo con Marie a fumar, ¿vienes? Me niego en rotundo, podría escupirte en la cara, pero me niego en rotundo a eso también […]

Gritar

Gritar, gritar, gritar. Gritas en el metro, entre los árboles, bajo el cielo, tras las ventanas. Gritas noventa y siete palabras sin la letra “a”, porque crees saber del mundo lo que los tiranos de la historia. Gritas para sentirte vivo, gritas para ahuyentar a la muerte, gritas para saber de ti lo que otros esconden. Gritar como símbolo de identidad de lo que nunca lograrás cumplir. Gritar como fenómeno antropomórfico que te deforma las caderas y te hace derrumbarte sobre el cemento. Gritar como sentido cósmico del firmamento que se destruye con cada puesta de sol. Gritar. Gritar en el silencio. Gritar en la escalera. Gritar en martes y trece. Gritar. Aprendiste modales y, sin embargo, gritas. Sufriste de abandono reiterante y, sin embargo, gritas. Forzaste la cerradura de tantos portales vacíos que gritas, y tu grito se vuelve magnánimo, se vuelve heterónimo, se vuelve fanático. El grito que se enmudece. El grito que te enferma. El grito que me aturde. Porque gritas, y yo callo

[Por qué gritas, y yo callo]