Lo que queda de ella

Soy una cabeza hueca, si duele algo sólo puedo llamarlo vacío.

Suelo ser amiga de mis amigos; soy mi peor enemiga.

Quiero decir ojalá fuera un acordeón.

Soy una adolescente en un piso de adultos. No hay más mundo fuera del balcón.

Soy la cara que casi ninguno ha visto porque soy cazador en oscuridad.

Soy un ciervo en un bosque frío de algún Norte lejano.

Soy la forma en un sofá que tú, madre, no reconoces.

Soy dadora de abrazos.

Soy la del pecho metálico salpicado de pequeños orificios.

Soy la que nunca le contesta, a pesar de la justificada insistencia.

Soy un hueco en mi armario blanco.

Insisto en ser otra. Pero el pasado es de larga zancada.

Soy arroz hervido, de lunes a jueves.

Presumo de ser armadura.

Pero sólo soy un saco de sangre caliente.

Soy dos puntos extremos en el mismo mapa.

Soy, a veces, un istmo antagónico.

Soy la que vuelve por Navidad, como si nada. Co-mo-si-na-da.

Soy la que no se permite llorar.

Soy la que acude sola al hospital para rememorar el abandono en una sala de espera.

Soy un lobo.

No soy un cordero. No lo soy.

Soy una mentirosa de jueves a domingo.

Soy como el sonido de un despertador a medianoche.

Soy un puñado de tierra áspera.

Soy tu primera canción escolar.

Soy la que escribirá el epitafio de mi padre.

Ni soy pregunta, ni soy respuesta.

Soy una dirección que no logro recordar.

Seré mamá y papá.

Soy calor en un agosto del sur.

Soy alfabeto sánscrito.

He sido de más últimamente.

Y quizá no seré nadie nunca más.

Soy tu esperanza truncada.

Ya no sé ser otra.

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