Silencio

[Decir “Adiós” y entonces, silencio

y después del silencio, más silencio aún…]

Silencio. Como la mano reivindica esa lucidez alterada de colocar un simple dedo sobre la llaga que no cierra, que no se remueve, que no coagula, que no sangra, que no existe, como todo lo que algún día dolió, se convierte en raíz, en hito, en falso recuerdo, en polvo, en nada.

Silencio. Como la unión de dos mentiras, de un ciego y de un también sordo, hijas de un guión mutable pronunciado con la garganta seca donde no nace voz alguna porque la ausencia de sonido lo impregna todo cual cuervo abalanzándose contra el precipicio tras comprender que sus alas sólo lograrán ser ceniza.

Silencio, acumulándose en la habitación abandonada a la suerte de unas flores secas que, acaso como el órgano más vital, se van apagando dentro de la impuesta urna de cristal, ante unos ojos rotos a los que les alcanza el impacto de un cuerpo vacío, que ocupa una tumba vacía, que es la cama a la que el sueño no llega nunca.

Silencio como todo, silencio como parte, silencio como nada.

Silencio. Como solo el silencio sabe forzar al aire hasta alcanzar su máxima extinción para luego, en el último instante, dejarlo marchar, despreciando el mínimo significado del suspiro que se desvanece como se desea detener el reloj en la hora del nacimiento.

¿Ves? Puedo hablar del silencio como si lo conociera. Y quién no.

Y he dicho muchas cosas, sí, pero es que sólo pretendía decirte “Adiós”

Y entonces, silencio…

Y después de ese silencio…

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