Bonjour

Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir

(Jorge Manrique)

Así es como empieza todo. La casa está al lado del río. Tiene dos dormitorios y cuatro camas. Pero yo duermo toda la noche en el sofá, encogida y con dolor de espalda, porque está al lado de la pared de cristal y quiero escuchar el agua del río corriendo, como si estuviera dentro de él, como si me llevara la corriente. Aunque hace frío, y no encendemos la chimenea. Aunque la noche anterior me desperté a las 5.45 am para poder coger el tren. La estación está prácticamente vacía y observo a un tipo que camina en círculos alrededor de la máquina de billetes y pregunta cómo llegar a no-sé-dónde a cada persona que se acerca, en un intento siempre frustrado de robo y yo pienso cómo hagas lo mismo conmigo, la llevas clara. Pero no lo hace, porque él también observa que yo lo observo. Al final, todos somos iguales, repetimos un patrón. Ella llega, sonriendo, y bailamos y nos abrazamos entusiasmadas en mitad de la estación. 7.01 am, a 600 metros de Sants y ya decidimos que nada de internet en nuestros móviles. Será un fin de semana de desconexión. Intentamos dormir. Aunque la chica de al lado se dedica al hablar-por-hablar con sus compañeros, y eso me molesta. Y sueño y me despierto,  sueño y me despierto, y sueño y me despierto. Sintomático de lo que está por venir. He pasado 40 horas visualizando desde mi inconsciente adormecido viejos fantasmas. Poner distancia no destruye.

Es inútil que duerma/ Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano/

El río me arrebata y soy ese río

(Borges)

El pueblo es pequeño. El camino desde el tren a la casa es extraño. Hace mucho viento, y el paisaje tiene aire de abandono. Hay que preguntar por el viejo molino. La vecina no aparece por ningún lado. Alguien nos dice que la encontraremos en el bar del pueblo, pero allí no está. Alguien nos dice, es una señora de 80 años, pero con mucha energía. Pero no nos abre la puerta, y mientras insisto golpeando el cristal, por un momento pienso que quizá le ha pasado algo, y me recorre un escalofrío. El bar del pueblo es, en realidad, una Boulangerie. En un día y medio nos hacemos habituales. Todo riquísimo, todo muy francés. Nos sentamos siempre junto a la puerta, y a mí me gusta saludar a todo el mundo. Tu voz cambia cuando dices Bonjour, pareces más dulce, me dice riendo. Quizá debería haber nacido francesa, pienso mientras como mi tarta de manzana.

No tenemos mapa, así que al principio andamos perdidas hasta encontrar el buen camino. La vida misma. Hay vacas por todos lados. Hay carteles en francés, y una pintada que pide que se use sólo el catalán. En este pueblo, es difícil saber en qué idioma hay que hablar con los vecinos. Por ejemplo, el propietario de la Boulangerie, es un gallego que habla portugués, y un francés a la perfección, pero que no entiende el catalán y se expresa con dificultad en castellano. Ella le habla a las vacas, y las vacas la miran sorprendida, pero parecen entender. Luego, durante horas, no nos cruzamos con nadie. Pero nosotras no paramos de hablar, porque tenemos mucho que decir. Tenemos un futuro que se abalanza, tenemos decisiones, tenemos un pasado que pesa, tenemos creatividad, tenemos un presente que no terminamos de entender, tenemos ilusión. Decidimos comer junto al río y de repente, mis pies están hundidos en un montón de mierda. Joder qué asco, pero qué buena suerte voy a tener (“avoir de la chance”). Ella no para de reír a carcajadas mientras limpio los zapatos, No es mierda, es sólo barro. Luego, dudaríamos. Comemos mucho, todo el tiempo, cada dos horas comemos. Todo muy rico. Comemos y andamos. Llegamos a otro pueblo, y es fácil saber que ya no estamos en Francia. Para entrar al pueblo, mejor por ahí, así podréis ver el lago. Y es el mejor consejo que nos han podido dar. Más tarde, café en la plaza, al sol. Compramos queso y vino, mucho queso, mucho vino. Y la tarde comienza a desaparecer. Y estamos a cinco kilómetros, y no tenemos frontal (ni mapa), ni será noche de luna, así que intentamos parar un coche, y es difícil, y los españoles no lo hacen y nos miran como si fuéramos terroristas, y por fin una chica con su hijo nos recoge, y hablan en francés y yo lo entiendo casi todo. Y luego estamos contentas, porque es la primera vez que las dos hacemos autostop. Llegamos al viejo molino, estamos cansadas, pero felices. No hay mucho más que hacer en el pueblo, así que cenaremos en casa. Descubro Un gars, une fille. Infusión. El sonido del río. Frío. Primera botella de vino. Cicatrices que nos llevan al pasado, y quizá también lloramos, un poco. Pero llorar sana, nos hace valientes. Los Simposons, en francés. Y con el cambio de hora, amanece más tarde. Andamos durante horas, y somos las únicas dos almas en kilómetros y kilómetros. Vemos la nieve, la tocamos, la pisamos. La nieve para ella, como el río para mí. Todo tiene un significado, un origen. Y en el silencio de la montaña, a tantos metros de altura, yo pienso en ti, y hablo mucho de ti. Eso asusta. Comprendo. Lucharía una vez más. Me caería una vez más. No olvidaré nunca.

Han debido pasar todas las lágrimas del mundo, como un río indiferente

(Dámaso Alonso)

Pensé que escribirías más aquí, en la montaña, me dice ella. Silencio. La naturaleza, como una madre. Hacemos camino, paso a paso. Quizá comience a llover. Nos lavamos la cara en el río, con un agua helada que nos despierta cada milímetro de piel. Se hiela la sangre, se detiene. He visto un gorrión sin cabeza, y un lagarto sin cola, y un pescador lanzando al agua a un pez demasiado pequeño. Y a ella, jugando en los columpios, bailando encima del sofá, hablando en portugués, mirando a los caballos, orientándose desorientada. Yo, he confesado que el mito ha caído. Así es como acaba todo.

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