A veces, no es poesía

[…] Te tiemblan las manos demasiado, haz algo con esos nervios. La calle está más agujereada que nunca, en cada paso veo vacío y poca luz y sigo sin comprender por qué tengo que ir hacia ese bar que odio. Por qué me tienes que coger de la mano. Por qué tengo que pensar para dentro y no hablar hacia fuera. Por qué te llamas con nombre de ciudad y a mí me recuerdas a enero en el pueblo. Por qué soy más pequeña y más frágil que en 2012. Por qué, tú, ya no contestas a mis llamadas y tengo que conformarme con los chicos que voy encontrando en este alejado lugar, que no es mi vida, sino un teatro duplicado. Joan también estará allí y vendrá con Marie. Dices para conformarme. Dices, sin saber que Joan siempre critica tu nariz córvida y tu dialéctica asfixiante cuando vas al baño o sales a la calle a fumar con Marie y yo sé que le miras el escote y la deseas por encima de las gafas de hipster anticuado que te gusta llevar para parece un alter ego sofisticado. Y odio tanto eso, como el bar en el que acabamos de entrar, como la música que suena y apaga las voces, como la cerveza barata que todos beben hasta vomitar en el callejón donde Marie y tú os acabáis besando cuando apagáis el cigarro y miráis hacia todos lados para aseguraros de que nadie os ha visto. Lástima que aquella noche yo estuviera arrojada como un despojo sobre el suelo, apretándome la barriga y deseando morirme en ese preciso instante en el que oí tu voz y oí su risa histérica, y os vi. Y entonces deseé, con todas mis viciosas fuerzas, que fuerais vosotros los que os murierais. ¡Mira! También han venido Alex y Sandra. Alex se frota con insistencia la barba mientras le cuento que esta semana he conseguido escribir dos artículos que saldrán publicados en el periódico aunque yo no estoy nada contenta y quisiera dejar de escribir y perderme en La Habana. Y él se ríe, y me abraza como si fuera una pobre criatura a la que aún le queda vuelo. También he dejado de comer sal. Porque necesito deshacerme de los kilos que me han ido acorralando en las últimas semanas. Y mientras se lo digo observo con delicadeza como Sandra llora apartada en un rincón tras el sofá de terciopelo verde, tan apretada en ese vestido negro, tan apretada su mano en su boca para que nadie se de cuenta pero yo sí, y me da pena, Sandra ha perdido a un bebé y ahora tiene que estar en este bar odioso, siendo la sombra de Alex, siendo un nido sin pájaro. Termino el último trago de mi cerveza. Pido otra al camarero de 21 años que siempre me invita a la última y me dice que soy demasiado distinta para estar en un sitio como ese, y yo le sonrío y pienso que tiene unos brazos morenos que me gustaría morder. Salgo con Marie a fumar, ¿vienes? Me niego en rotundo, podría escupirte en la cara, pero me niego en rotundo a eso también […]

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