Sobre la lluvia

Siempre estamos de suerte -dije,

y como un necio no toqué madera.

Y en un piso que tenía madera por todas partes.

E. Hemingway, “París era una fiesta”

Siempre empieza a llover justo cuando menos te lo esperas. Odio la lluvia. Odio el pelo mojado, los pies mojados, el estómago mojado. Odio los paraguas que nunca funcionan bien porque el viento es todopoderoso. Odio a la gente que cuando camina enfundada en su megalómano paraguas se cree con superioridad a los que carecemos de él, por olvido, por falsa modestia, o por desagrado total (mi caso, por supuesto) y conquista la acera, la calle y la ciudad como si ostentara un derecho regio, o hasta divino, incuestionable. Odio salir de casa cuando llueve. Quiero manta e infusión, y escribir. Los peores días de mi vida han sido días de lluvia, como también fueron días de llorar. Qué eran gotas y qué lágrimas, un misterio. Ahora llueve, son las 8 y 19 y llueve, no he desayunado nada porque olvidé comprar café durante 3 días seguidos y llueve, tengo que ir al maldito trabajo en el maldito tren repleto de gente maldita que grita y empuja, y llueve. Maldita la lluvia, cómo la odio. Más que a la llegada inevitable de fin de mes cuando tengo que pagar el alquiler pero opto por ir a beber vino en el café de los gatos. Más que a los hombres que me dicen “Te quiero” aunque no conocen mis apellidos, ni comprenden mi herida y yo los miro con desdén y entonces mi espalda les sonríe. Más que al cartel que desde hace una semana decora victorioso la pared del ascensor anunciado corte de electricidad el 17 de Septiembre por motivo de obras y yo no leo hasta después del horrible momento de ira en que me acuerdo del casero y del portero y del vecino del cuarto y de la madre que nos parió a todos por ducharme a oscuras y salir a la calle con el pelo mojado, aunque haga un sol de mediodía sevillano, y no haya llovido. Porque es final de verano, y en esta ciudad no llueve. Joder. Ni tampoco en otoño. Menos cuando, de repente, comienza a llover y sigue lloviendo sin pretensión de dejar de hacerlo, y son las 8 y 25 y yo camino por la calle y recuerdo el olor a manzana verde de tu coche, y la tapicería de cuadros, y mi voz saliendo fuera de mi cuerpo para contarte el secreto mientras lloro porque nunca podré perdonarme y tú sólo puedes mirar a la lluvia abrazándose a las farolas. Y algo se rompe, para siempre. Y como llueve tanto y la gente tiene prisa y es muy desconsiderada en los días de lluvia, bajar al metro es como entrar a una piscina, sin flotador. 8 y 34, y 1 minutos y 27 segundos para el próximo tren. Analizo la relatividad del tiempo, calculo cuántas vidas caben en 98 años bien vividos como sólo mi abuela supo hacerlo, y colecciono filas y filas de zapatos negros que se van introduciendo arrítmicamente en charcos mientras en mis oídos repiquetea la retahíla del “Dios la tenga en su gloria”, del “No hubo mujer más buena” y del “Se fue sin sufrir” y mamá me obliga con la mirada a que me sumerja bajo su paraguas enlutado para no resfriarme. Nunca le he hecho mucho caso, la verdad sea dicha. 3 paradas, tan sólo 3 paradas y no pierdo la esperanza de que quizá haya misericordia en el cielo y la lluvia se haya detenido, al menos momentáneamente, y cruzo los dedos, como cuando tenía 8 años, o quizá 9, y llovía a mares a la salida del colegio y no había nadie esperándome y yo comenzaba a andar camino de casa pero el paraguas no se abría, el maldito paraguas que se reía de mí, y cada vez los truenos eran más fuertes y yo cada vez más diminuta y el paraguas cada vez más cruel, y por fin llegaba a casa hecha una sopa y lloraba y lloraba sin parar y le balbuceaba a mi madre que qué mala madre era y que cómo había sido capaz de abandonar a su hija, a su inocente hija, en la calle bajo la lluvia, y ella no podía evitar sofocar una carcajada porque, y ahora lo comprendo, la escena debía de ser cuanto menos esperpéntica, y yo me juraba a mi misma que no volvería a salir de mi habitación cuando amenazara lluvia. Y aquí estoy, 8 y 58, mirando desafiante hacia las nubes y poniendo por testigo a cualquier divinidad anticuada de que nunca más volverá a mojarme el pelo, ni los pies, ni el estómago. La vida, que es cíclica, e irónica, e hijaputa.

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