Has llorado. Has llorado en el balcón sobre unas manos manchadas. Año cero. Decías de la golondrina y su vuelo en primavera, o quizá en octubre, y decías cosas sin sentido como hambre, cordura, cementerio, costumbres, velocidad. Arrancaste el cable del teléfono y lo cortaste en 13 pedazos perpendiculares. Quizá podrías haberte hecho un collar. Ahora, ya no. Llenaste las estanterías de libros escritos en alemán y compraste un diccionario de palabras olvidadas. Para qué, si no sabes leer, si no entiendes el intento de la comunicación en el papel que absorbe a la tinta y la hace suya. Año uno. Marcaste en el calendario de la cocina las calles de la ciudad que no podías volver a pisar porque sabían demasiado de ti y de tus soledades. Llamaste a tu familia, te olvidaste de tu familia, heriste a tu familia, nombraste a tu familia, fuiste tú tu única familia. Qué sombra te pobló entonces. Te entregaron un código de conducta repleto de pájaros, trenes y verdades. Te volviste un ser diminuto, y te aplastaron entre multitudes de olas y rostros sembrados en tierra estéril. Temblabas. Año dos. Mirabas a la vida morir cuando te sujetaron del brazo tan fuerte que no gritaste para no despertar a la bestia. Sentiste a tu pecho de nuevo, a tu estómago de nuevo, a tus pies de nuevo. Vino la poesía. Te perdiste en el bosque y tus pulmones oyeron al lobo y a la noche y a la madera y todo entró en ti destrozando a la jaula que fue débil e incierta. Despertaste del sueño que es la realidad ante tus ojos y dijiste gracias. Año tres

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