Vuelvo

Y aunque estuviera usted en una cárcel cuyas paredes no dejaran llegar a sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no seguiría teniendo siempre su infancia, esa riqueza preciosa, regia, el tesoro de los recuerdos?

Rilke

 

 I

Vuelvo. El azul del mar me recuerda a la infancia. A esos cuerpecitos desnudos corriendo por la arena. Al barco desdibujándose bajo el sol de julio. A madre y a padre, en otra generación, cabello negro, cuerpos esbeltos, sonrisas, caras lustrosas. Se oyen gaviotas, no existen los coches, resuenan canciones y la voz de jilguero que madre ahora debe esconder. Todo ha quedado impreso en las fotografías que se envejecen, también, en los álbumes del salón.

 


 

 II

Cae la noche. Tú no estás. O sí. Estás, pero diferente. Tu sombra ya no sabe brillar. Es opaca, y no grita. No me dice nada. Te miro, y nada. Pero nos abrazamos, porque tenemos una historia que siempre nos unirá. Aunque pasen los siglos, y llueva a cada segundo. Yo ahora soy un lobo, y me alimento de esquinas y guijarros. La luna me vigila, y me increpa los modales que he olvidado. Mi madre es una luna en este desierto. Pero desconoce la mitad de las fronteras que cada día traspaso. Y tú, rostro negro, aun en la distancia, eres mi mayor frontera. Mi frontera favorita.

 


 

 III

Despierto. Mi cama no me pertenece. Pero duermo sobre ella, y sueño. Es extraño, después de semanas de oscuridad. En el último instante, abro los ojos y veo la ciudad, ahí, esperándome. Pero pronto se desvanece, asustada por las voces que retumban entre las paredes blancas de la casa. La casa es un hogar; las paredes saben abrazarme, no separan mundos. Mi cuerpo pesa como una roca, se mueve despacio, arrastro las piernas. Duele de cansancio. Y el reloj, con su letanía, lo entiende perfectamente. El canario canta, el geranio crece, y la niña nueva balbucea frases y me agarra de las manos.

 


 

 IV

Las calles, quizás, no recuerdan cómo hablar de mí. Pero no me importa. Mi rosto es anónimo, porque huele a contaminación y a edificios demasiado altos. Las señoras preguntan entre monotonía y rutinas, y curiosidad delatante.  Tú me pides que nos escondamos, de los ojos que no logran mirar. Y yo me canso, porque no entiendo… me canso. Siempre quise tener un jardín, y un piano, y millones de libros en todos los rincones. Esto no cambia nada. ¿O sí?

Si me pierdo entre estas calles, puede que el cielo de la ciudad llore entonces sobre periódicos y chimeneas.

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