El balcón

No había flores en el balcón huracanado.

Un macetero vacío

sí,

y tres hojas secas atrincheradas en el suelo,

y algo de polvo brillando sobre el azulejo blanco.

Polvo brillando o cenizas opacas.

Qué más da.

Y la regadera azul que madre siempre alzaba sobre sus rodillas.

y que ahora estaba seca de agua,

y de intenciones.

Desde ese balcón el mar nos miraba,

espiándonos,

en complot con el sol anticiclónico.

La caja de las galletas estaba cerrada

sobre la mesa arrinconada.

No conocíamos el hambre,

ni nos importaba.

Me solían gustar las margaritas.

Las miraba fijamente mientras el viento me acariciaba los pies desnudos.

A veces,

las dibujaba con trazos finos y penetrantes.

Pero ya no había margaritas.

Reinaba el vacío en aquel balcón,

aunque tu cuerpo y el mío insistieran en poblarlo.

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