No escuches a la muerte

No escuches a la muerte.

Tiene un enjambre morado en su estómago

de devorar astuta miradas inocentes

hasta el punto de vomitar soledades.

A mí me llamó en la oscuridad de la noche

y yo hice como que miraba hacia otro lado.

Haz tú lo mismo.

No escuches a la muerte.

O estarás perdido.

Estaremos perdidos.

No hables tampoco con ella.

Tiene palabras punzantes,

asesinas a sueldo dispuestas a aniquilar a tu silencio.

No lograrás entender su idioma,

de frases malsonantes, maloyentes,

de disparates ciclopédicos.

Y creerás que es locura insensata

el encontrar qué hilo anuda su conversación a dos bandas.

Pero,

sobre todo,

no te atrevas a mirar a la muerte a los ojos,

que son de negrura hiriente en camposanto

o serás pasto de víboras,

vil represalia para labios carroñeros,

agujero inaccesible de antídotos indescifrables.

Morirás,

acompañado de la muerte.

Morirás,

si no me escuchas,

si no me hablas,

si no me miras.

A mí.

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