Caronte, funcionario de masas

Caronte, funcionario de masas

El señor Caronte andaba disgustado con su nuevo oficio, se sentía casi estafado. “Prepárate unas oposiciones, hijo mío, y asegúrate la vida, en estos precarios tiempos que corren”, insistían sus progenitores, Érebo y Nix, una y otra vez. Y él se había dejado seducir por aquel llamativo anuncio que había ojeado en el B.O.E., por el que convocaban una plaza de chófer para un cuerpo administrativo superior en territorio extracomunitario.
Nada más lejos de la realidad, qué os voy a contar. Él esperaba una limusina, un elegante traje negro con sombrero a juego, un aspecto cuidado, un trato educado, unos pasajeros refinados (aunque no descartaba que también pudieran ser políticos y gobernantes, ¡claro!), trayectos diversos y apasionantes, viajes largos (de días e incluso semanas), buenas propinas (por supuesto), y un reconocimiento progresivo de su labor y su esfuerzo.
¡Pobre señor Caronte! Tenía que provocar miedo, le dijeron mientras él miraba atónito sin comprender el mensaje; pero, sobre todo, no sentirlo él mismo, y estar preparado para ver y vivir cualquier cosa. “Pero, ¡qué cojones…!” pensaba don Caronte, mientras le señalaban la barca y el remo. “Al menos vendrá con GPS, ¿no?”.
De aquello ya han dos largos siglos y medio, y se ha hecho viejo y se ha apagado de vida, sin apenas darse cuenta. Arrastra una barba maltrecha que cubre sus arrugas y cicatrices, y las muecas de desgana cada vez que navega hacia la orilla, oye los alaridos desgarradores de las almas vencidas por la muerte y vislumbra entre la oscuridad los rostros anónimos que piden clemencia. Le obligan a cubrir sus carnes maltrechas ya de vejez con una estúpida túnica que deja poca a la imaginación, y él no está ya para esos trotes, así que ha reclamado por quinta vez que le cambien el uniforme obsoleto y le pongan uno más adaptado a los tiempos modernos. Pero la queja se pierde entre montañas de papeles que quedan archivados en el cajón del olvido.
Así que, evidentemente, el pobre Caronte no tiene el cuerpo para fiestas, y eso de sonreír y de ser amable no va con él. Se ha atrofiado por la monotonía de un trabajo que no le ofrece ningún aliciente, que es repetitivo por naturaleza y por obligación.
Nunca se habría imaginado que el Más Allá apestara tanto, literalmente. Como los trabajadores de la limpieza se pusieron en huelga hace ya 200 y pico años, las aguas del Aqueronte exhalan un olor fétido que obligaría a llevar mascarilla, pero las condiciones de seguridad y salud no están del todo claras en el contrato y Caronte aguanta la respiración como nadador profesional. Además, los difuntos reticentes a pagar el óbolo, ya sea por pobreza o por avaricia, se hacinan en colas interminables donde son presa fácil de moscas y enfermedades contagiosas.
Por ese motivo, y no por razones de tipo económicas (aun se ríe cuando recuerda la acusación ante el Tribunal Divino-Supremo de prevaricación y estafa) fue por lo que empezó a llevar polizones en sus recorridos. Bueno, también porque con los años se ha vuelto un poco viejo verde, y no puede negarle nada a las mujeres guapas y con grandes escotes que le guiñan un ojo mientras con aire inocente le dicen que olvidaron el bolso en casa y no tienen como pagar este viaje. Pero, ¡joder! da igual que lo haga a escondidas y con mucha cautela, porque siempre hay un par de paparazzis, cámara en mano, para capturar la instantánea y venderla a cualquier programa de tres al cuarto de la prensa amarilla. Es entonces cuando se gana la reprimenda de Hades quien, enfurecido, defeca vulgarmente en todos los dioses habidos y por haber, y le pone una sanción que evidentemente cae en saco roto, porque a este pobre funcionario ya no hay quien le mueva de su puesto.
También hay por ahí algún literato novel que pretende sacar un best-seller en el que dedicarle algunas líneas; pero él no quiere fama, sólo quiere una vida tranquila, que la jubilación le llegue ya y se pueda comprar una finca pequeña en alguna montaña perdida para cultivar su propio huerto y vivir entre animales, y paz, y silencio.
Pero bueno, mientras tanto se conforma con su sueldo por encima de la media, con su día a día sin sobresaltos y exceso de funciones, y la estabilidad y la monotonía entre las que se ha acomodo como si fueran un par de cojines de pluma de ganso. Tres siglos seguro que pasan rápido, como un abrir y cerrar de ojos. ¡Que ganas de ser, por una vez en su vida, el viajero y no el conductor!

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