Autobiografía (o intento de…)

Ella no sabe hablar. Sólo escupe sonidos, sin filtros, directos a estallar contra el silencio. Por eso escribe, porque las letras son más fluidas, y le dan una forma diferente a todo lo que pasa por su azotea de pensador errante.

De verdad, ella no sabe hablar, y nunca sabe qué decir. Las palabras se le acumulan en la garganta, como si quisieran robarle el aire. Y lo consiguen. Así que normalmente opta por callar, para evitar calamidades y el color rosado en sus mejillas.

A veces, sólo a veces, sabe cantar. Es casi como recitar poemas, pero poniendo un sol, un mi, y un fa contra cuatro sostenidos y un bemol garabateados entre las líneas sobreentendidas de un octograma. Porque a ella eso de sólo cinco líneas le sabe a poco. Prefiere que sobre la melodía que no echarla a faltar.

Pues eso, como iba diciendo, que no sabe hablar, que pensar sí, mucho, demasiado, en exceso. Todo el día sin parar. Pero, comunicarlo, eso es más difícil. Las ideas se le amontonan en desorden caótico y arruinan los esquemas que pretendía; la dejan sin guión. Y pierde la noción de qué fue el inicio y qué preferiría como punto y final. Y, claro, se descoloca, y así no se puede hablar.

Pero también se cansa de eso, de lo del pensar, digo. De ir de un sitio a otro de su cabeza como funambulista, en un viaje en ocasiones trepidante, en ocasiones casi en diferido, sin llegar a ningún sitio concreto, y con la ambición de pretender mundos enteros en segundos escasos.

Pero eso, que normalmente la atormentaba, ahora parece hasta lejano. Porque, aunque ella misma aún no se lo crea, ha aprendido a desconectar el interruptor temporalmente y dejar en suspense cualquier grano de arena que pretendía ser desierto para acabar ahora aparcado hasta nuevo aviso. Le resbala. Y aunque siga sin saber hablar, ¡pues mira!, ha decidido que va a pensar menos, y a ser más visceral. Pero entonces recuerda a su madre, con esa mirada de madre y esas sabias palabras de madre, diciéndole “Las personas no cambian”, y ella asiente con la cabeza, e incluso se resigna un poco. Porque tiene toda la razón. Lo que sí es cierto es que con los años, la teoría de la relatividad parece simplificarse y hacerse más comprensible. Y lo que antes era un mundo, ahora es sólo un pequeño escalón; y la vida, los últimos años, los últimos meses, parecen adoptar otra tonalidad, otra perspectiva en la que todo se vuelve mundano y sencillo, y los retos traen recompensas, pero nunca castigos.

Aunque siempre quedará en ella un algo que le recordará de dónde vino y qué le hizo estar y llegar hasta ahí. Por mucho que la vida parezca cambiar vertiginosamente, los orígenes y los recuerdos seguirán marcando su presente, y estableciendo una conexión difícil de quebrar. Siempre será esa Isa pequeña, de un pequeño pueblo, con una pequeña historia a medio escribir.

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