Malditas las noches

Preguntarse los motivos,

las razones,

las excusas,

era de esperar

mientras subíamos la Rambla de la mano

y  los bares echaban el cierre

hasta nuevo desalojo.

Pero caminábamos

embriagados de una estúpida felicidad.

Aún sigo sin entender

en qué momento de la noche

nos atropelló de aquella manera,

sin previo aviso.

Y allá íbamos,

a lanzarnos directos al precipicio

a destapar la caja de pandora

a desmitificar a los clásicos

a arrancarnos los ropa, y los ojos.

Y sólo entonces,

nos sobrarían los motivos,

se justificarían las razones,

inventaríamos las excusas.

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