Preguntas pendientes

Deberíamos preguntarnos más a menudo a qué viene tanto fingir, y ser lo que parece que no es, pero que acaba siéndolo sólo porque nos insistimos demasiado en vernos las caras sin mirarnos el alma. Que la lluvia ya empieza a entrar por la ventana, a acariciar a manchas la pared, a inundar nuestras pisadas movedizas sobre el suelo de parqué. A qué viene este teatro. No solíamos ser así de hipócritas, hemos debido de aprender con la edad, o con las decepciones, o a empujones. Pero, ahora, hasta parece que se nos da bien. Y aquí estamos, bailando esta loca melodía, sobreactuando como artistas de tres al cuarto que se creen estrellas en un cielo tormentoso. Tú y yo. Frente a frente. O enfrentados. Amantes que se volvieron enemigos, y que se rehúyen las miradas cuando se tropiezan estúpidamente en alguna calle sin nombre que antes solía ser un rincón favorito, y ahora sólo es un trozo de asfalto donde dejar la basura a las 9 de la noche. Ya no estamos a salvo de nosotros mismos, ni de la sombra negra que es el recuerdo de ti en mí y de mí en ti, revolcándose en nuestra cama, que ya tampoco es, porque sólo queda de ella un colchón vacío y una sábana infinita. Como la historia que escribimos y pretendíamos que fuera pura, y se quedó en vano intento de no ser nada salvo una mentira agujereada de soledad. Sí. Deberíamos hacernos más preguntas, y tratar al menos de dar con alguna respuesta. Nos lo debemos.

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