Comienzos…

Creía ser como aquel tío que había releído en alguna novela de los 80 que alguien había olvidado intencionadamente sobre un banco del parque que solía frecuentar para reencontrarse con su lado más humano en las tardes abatidas en las que la soledad era tan soporífera que hasta los niños jugando le abrazaban con inocencia desde la distancia, o las palomas en la fuente, o el tiritar de los columpios oxidados y a medio pintar.

Se creía valiente y victorioso como el protagonista de aquel libro de páginas amarillas y con una dedicatoria escrita con mano temblorosa en la contraportada en la que María deseaba que la historia llegara a lo más profundo del corazón de alguien afortunado por tener quien le regalara literatura y pasión en los tiempos que corrían.

Cerraba los ojos y se imaginaba siendo ese alter ego mientras caminaba sin notar apenas que la lluvia le mojaba la cazadora y el pelo enmarañado y las gafas de pasta negra y las ansias de vivir guardadas sutilmente entre las líneas del poema que acababa de escribir en su vieja libreta de color rojo.

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