Tierra de nadie

Resulta irónico que las peores heridas son las que dejan un recuerdo más incierto. Las historias que más hemos sufrido, vivido con desaliento y entre quizá alguna lágrima de más, al final, acaban desdibujándose contra el horizonte que ve amanecer nuevamente. Y el ayer se vuelve borroso, surgen dudas de si realmente existió, en ese momento en que la vida te vuelve a dar la fuerza para contemplar con una leve sonrisa que todo pasa, y nada dura eternamente. Hasta el dolor. El dolor se acaba marchando, al no encontrar donde enraizar su negra semilla. Y un día simplemente te despiertas con otro sabor en el paladar; con olor a otros mares retumbando en los instintos más escondidos; con la sal a puñados sobre la piel, curándote las heridas con furia; con unos ojos azul océano frente a ti, a los que mirar, como nunca lo habías hecho.

Se cierra una puerta. Se abre un nuevo mar.

Es esa sensación de que en cada momento de nuestras vidas, tan sólo estamos de paso. Como que nada es definitivo, todo perecedero a punto de desaparecer. Extraño pensamiento que ahora te acompaña a cada paso. Agarras  el principio de algo con firmeza, aunque sepas que el final se deslizará suavemente entre los dedos. Es la emoción de no saber, la sutileza de la vana sorpresa que a veces, caprichosa, ofrece la engañosa impresión de que esta vez se detendrá para siempre, como si el tiempo se hubiera cansado de su ser. Pero sólo es cuestión de un fugaz parpadeo…

Limbo emocional, tierra de nadie.

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