Inercias

Inercias

Sabe a ácida tu palabra retumbando en mis oídos. Como esas películas de cine mudo, con argumento sobreentendido. Los detalles son minúsculos cuando ya no hay mucho más que decir. Las despedidas, diluidas. Nos sobran amaneceres. Pero nos quedamos cortos en eso de aprender a cuidarnos. El tráfico hace gris a la calle y monótona a la mañana. Tú, parado junto al semáforo, y tu sombra escupiendo mentiras contra el asfalto. Mis tacones guardados en el bolso, junto a mi decencia. Mi pelo, alborotado. Y ese pensamiento que sigue dando vueltas en el corredor de mi conciencia: demasiadas noches malgastadas, cuerpo contra cuerpo. “Ésta es la última”, le miente mi sonrisa maltrecha al reflejo que se asoma al retrovisor de tu coche. Cierro los ojos, para no oler tu fragancia. Pongo la radio, y quiebro en tres dimensiones el silencio impuesto entre nuestros asientos. Paramos en mi esquina, la misma calle, y se inicia el guión recurrente. “Ya te llamo otro día”. Dos besos al aire, para rozar tu piel al mínimo. “Que vaya bien la semana…” y dejo el eco de mis palabras mezclándose con el frío portazo. Respiro aliviada, y me arrastro escaleras arribas. “La última”, me juro, mientras el sueño me agita, y borra la noche pasada como si nunca hubiera existido. Tres días después, descolgaré el teléfono atropelladamente para responder con dulzura actuada a tu voz gris: “Venga, en el bar de siempre”.

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