Adiós, infancia

La luz es tenue
cuando alargas la mano para dibujar contra el horizonte formas incompletas, próximas a mis sueños de infancia.
Se oscurece el ambiente,
si cierras los ojos durante el segundo que dura el parpadeo.
Se enmudece mi voz.  Se diluye pesadamente el silencio.
El campo ya no es verde,
ni la montaña marrón,
ni el mar azul,
como en los dibujos escolares.
Las tonalidades han cambiado, se “engrisecen” hacia opacos espejos.
Los jueves son lunes repetitivos,
el fin de semana parece no llegar nunca.
Te miro de reojo, y cazo tu mueca de disgusto al instante.
“Mientras no llueva todo saldrá bien”, reflexionas en voz alta.
Pero las nubes ya están ahí, amenazantes, pusilánimes.
“No traje paraguas”, me disculpo sin saber bien por qué.
Y la frase se pierde en el aire congelado que oscila entre nuestras cabezas taciturnas dentro del pequeño Volvo azul.
Fuera, toda la inmensidad de una vida que continúa ajena a mí.
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