Enfermedad

Mi cuerpo enfermo durante un día
toda la comida fuera
el líquido blanco
la sangre que no llega.
Duermo décadas sobre una cama.
Sueño caballos galopando sobre la arena de Menorca
y cientos de soles quemándome las piernas.
Mi cuerpo cansado durante un mes
nervios resbalándome como aceite
como nieve
como mermelada de albaricoque,
el pelo grasiento
la barriga enquistada
una discusión antesala de una discusión
mayor aún
en la que nos miramos sin vernos
y nos gritamos sin hablarnos.
Lo incierto del futuro es que aún está por llegar
y no sé quién soy
creí que sí
pero resulta que no
que no todas las primaveras
son temporadas de flores en auge y risas amarillas
que no todos los cuentos
se fragmentan en predecibles finales felices
que no, que no.
Que sé poco sobre el número dos atragantándose
de amaneceres a las 6 de la mañana
tu cuerpo dando vueltas
en un espacio
en el que mi cuerpo también
existe temblando
los ojos abiertos
la respiración de plástico
los lunes que no tienen ya despertador
pero decenas de horas ante un ordenador
son sentencia de muerte
ante tu mismo reflejo
una y otra vez
Yo Caín, tu Abel.
Hijos de los hombres que no amaban a las mujeres.
O algo así.
El caso es que cada semana suena una campana
que anuncia algo
que estoy esperando
y esperar me hace daño
y el algo me hace daño
y el tiempo hasta la próxima campana, también
también hace daño.
Quiero que no.
pero doy patadas a mi sombra
prefiero ser un arrecife
o un piano olvidado con las teclas amarillas y las cuerdas rotas
para no pensar más.
Autosuficiencia.
Voluptosidad.
Enmarañamiento.
Palabras de más de tres sílabas me llenan la boca porque
si las repito
me quedo sin aire
ya no tendré fuerzas para gritar.
La supervivencia nos hace fuertes,
inteligentes…
Me alumbro con el recuerdo para no apagarme en la esperanza.
De nada sirven
las frases hechas
los desayunos eternizantes
los armarios abiertos
y los armarios cerrados
la luna sobre la mesa
tres tercios de vino sin nombre
una maleta sin más si mi mano no cabe en ella.
Dime qué pájaro serías
si tuvieras la opción de sostenerte con alas.
Yo, que sólo soy
suficientemente impotente para los demás,
no dejo de mirar hacia atrás.

Un invierno malo

Un invierno deseaste que todos los reptiles fueran palomas

mirando las facturas de teléfono que alguien había

arrojado junto a un contenedor de plástico.

 

Un invierno eras como un espejo

de tan desnudo que tenías el cuerpo

bajo las mil oraciones que repetías

mientras buscabas una iglesia donde confesarte,

de rodillas.

Perdón, debí escribir Iglesia.

Nunca recuerdo si mi inicial merece ir en mayúsculas.

 

Un invierno eras yo, que te buscaba.

 

Un invierno dibujabas narices puntiagudas

a muñecas de cartón-piedra

para todas las niñas que fueron huérfanas antes de venir al mundo y

comprender que la vida brotaba

aún demasiado infravalorada

por ancianos y

por sonámbulos.

 

Un invierno apareciste sudando en el quicio de la puerta

diciendo que eras un rey subterráneo

perseguido por nueve lobos de las estepas

y fingiste caer de boca:

sé que la sangre era tomate seco,

sé que no te dolió el golpe,

sé que el suelo no estaba hecho de mármol helado.

Ya había visto esta película otras veces.

 

Un invierno las tardes eran tan largas

que el metro se colapsaba,

que las panaderías se colapsaban,

que los hostales se colapsaban,

que los buzones se colapsaban,

porque la gente era una especie suicidamente inquisitiva,

y tu bostezabas entre unas piernas amarillentas.

 

Un invierno

llegué a esta ciudad.

Aún desconocía que tú ya estabas en ella.

 

Un invierno

nos alumbrábamos con cenizas aplastadas sobe un hueco en la madera

en la casa que olía a pastel horneado

siguiendo la receta de una madre que casi ni te conocía.

Un invierno malo lo tiene cualquiera, dijiste.

No conseguí entenderte.

Lunes

Lunes.

Pienso en Pascual Duarte,

como pienso en una fuente desierta.

Comprendo que la presión no sirve para escribir un poema.

Comprendo que estoy escribiendo para reducir la presión de escribir,

para saciar el hambre de poema.

No sirve. Quizá, no sirvo.

Miro de reojo hacia dentro, y distingo el muro

como una tapadera sobre una olla a presión.

Cierro rápido los ojos, aprieto la mandíbula, pego un salto.

Me exteriorizo hacia la banalidad.

Soy la casa vecina a un campo de concentración. Ni oigo el griterío ni veo el humo.

Soy la canción que catapultó al verano de nuestras vidas. En enero, nadie sabrá cómo tararearla con ritmo.

Soy la herradura sobre el pórtico de madera. Transmito un mensaje aunque nada me vincula mas que al caballo.

Recuerdo haber mirado de reojo hace ya un minuto hacia un sitio oscuro.

Soy disidente de mi propia estructura:

analizo la rapidez con que podrían crecerme las escamas

si decidiera que mi cuerpo pesa más dentro del agua que sobre la roca caliza

ahora que el docedeseptiembre ya no es lo que era

y que las velas rememoran a los muertos y no a los años.

Descodifico la última cuenta atrás, en minúscula y en cursiva,

para repetir cifra a cifra

los bloques de cemento que forman las casas

que no pueden contenerme

porque no acepto habitar un espacio duro y hostil

donde el alimento crece agrio en el lavabo.

Al final, todos acogemos al merecido destino en tarros de cristal,

lo etiquetamos con soberbia,

lo colocamos en cualquier vieja estantería de madera,

y repetimos la oración de agradecimiento hasta que la boca se seca y bosteza.

En las próximas horas, volveré a mirar un par de veces más hacia dentro.

En esta acción de regodearse,

destacaría la insatisfecha pero misericordiosa precariedad.

Tal vez entonces venga un poema a mis dedos.

Y esto haya servido de algo.

Lo que queda de ella

Soy una cabeza hueca, si duele algo sólo puedo llamarlo vacío.

Suelo ser amiga de mis amigos; soy mi peor enemiga.

Quiero decir ojalá fuera un acordeón.

Soy una adolescente en un piso de adultos. No hay más mundo fuera del balcón.

Soy la cara que casi ninguno ha visto porque soy cazador en oscuridad.

Soy un ciervo en un bosque frío de algún Norte lejano.

Soy la forma en un sofá que tú, madre, no reconoces.

Soy dadora de abrazos.

Soy la del pecho metálico salpicado de pequeños orificios.

Soy la que nunca le contesta, a pesar de la justificada insistencia.

Soy un hueco en mi armario blanco.

Insisto en ser otra. Pero el pasado es de larga zancada.

Soy arroz hervido, de lunes a jueves.

Presumo de ser armadura.

Pero sólo soy un saco de sangre caliente.

Soy dos puntos extremos en el mismo mapa.

Soy, a veces, un istmo antagónico.

Soy la que vuelve por Navidad, como si nada. Co-mo-si-na-da.

Soy la que no se permite llorar.

Soy la que acude sola al hospital para rememorar el abandono en una sala de espera.

Soy un lobo.

No soy un cordero. No lo soy.

Soy una mentirosa de jueves a domingo.

Soy como el sonido de un despertador a medianoche.

Soy un puñado de tierra áspera.

Soy tu primera canción escolar.

Soy la que escribirá el epitafio de mi padre.

Ni soy pregunta, ni soy respuesta.

Soy una dirección que no logro recordar.

Seré mamá y papá.

Soy calor en un agosto del sur.

Soy alfabeto sánscrito.

He sido de más últimamente.

Y quizá no seré nadie nunca más.

Soy tu esperanza truncada.

Ya no sé ser otra.

Tanto silencio

Como la piel,

la vida.

El trozo que masticas para no atragantarte,

del plato a las entrañas.

Deberíamos ser antropomórficos seres herbívoros.

Como la vida,

el estruendo.

Tomé conciencia de todo antes de existir.

Quienquiera que seas.

No estaré más aquí. Ahí. Allí. Enlloc.

Si me sobrara el oxígeno me significaría en ruptura con el mundo,

que es una caja demasiado cuadrada

para la cuerda que cuelga. Enferma.

Permito que la palabra se evapore en raíz.

Permito que tus dedos caven profundo en la tierra intacta.

Permito que todo lo permitido sea una ley arbitraria.

Como el estruendo,

la nada.

El paisaje menos puro es siempre un retorno a lo interno.

Un paso atrás.

Clavas tus ojos en mí, como yo clavo la rabia en la madera.

Intuitivamente volátil.

Inútilmente demasiado.

Tanto silencio en tanta guerra.

Tanto.

Te pregunto

Los espejos vacíos, los horizontes vacíos,

todo lo despojado me ha impresionado mucho siempre

Miró

Te pregunto:
¿Qué hicieron los que llegaron antes?
¿Batir las alas,
juzgar la esencia,
segar el campo?
Rompieron el cristal de la ventana,
y entraron,
respondes limpiándote las manos en la tierra.
Ahí, la lágrima.
Más abajo, el hueco.
Entre nosotros, un manto de helada armonía.
A veces, lo simple se convierte en un espacio demasiado aislado.
Dedico mis horas ajenas a mirar tu cuerpo.
Así es como siempre noto el temblor,
la espalda en arco,
la injusta indecisión de la fe en el alma,
y los ojos secos de un color marrón origen.
En cada vuelo, te desprendes un poco más de ti,
te repito, y asientes.
Tú, a la que el saber magnifica.
Quiero perdonarte las esperas,
como quiero abotonarte la camisa,
como quiero recordar mis apellidos,
como quiero, por querer demasiado, no dejar que te arruines.
Y no sé cómo hacerlo.
Aquí, la rabia.
Más abajo, un cementerio.
Déjame, vuelvo al principio.

El día de la ira

y como un ciego fui con las manos
interrogando a las paredes

Bustriazo Ortiz

Huir del día de la ira. Huir. Decir huir, con los pies en quietud.

Involucrarse en el justo límite, como toda palabra que marca el final de un proceso.

Alcanzar el borde. Mirar hacia abajo. Mirar, ahora, hacia adentro.

Dentro es oscuro.

Abajo es un ángulo recto.

Ceder.

El silencio espera. El silencio es un abrazo.

Correr. No para volar. Solo para correr.

El esbozo de lo indivisible ante la rebelión de un parto.

Regresar. Quizá. Marzo. Quizá. /Treintaytres/. Quizá.

Escribir una cronología inversa, una línea sucesoria con origen en el vástago.

La disciplina del adiós no acota la distancia. La estrangula.

Ahora,

dentro es un pozo.

Abajo, la cuerda.

Medrar.

Caerá la última hoja. A fuerza de gravedad, se precipitará.

Secar-se.

Oxidar-se.

Perder-se.

[Madre, el pozo está demasiado oscuro. No consigo ver la cuerda]